La vida en un juego de azar

La vida en un juego de azar
Pedro Díaz G.
El draft ya no es como antes. Cruel, indigno, antidemocrático. ¿Qué es el draft?
David Rangel es uno de los pocos futbolistas de renombre que deambulan por las instalaciones. Nunca antes ha estado en una transferencia similar. “... Y me habían dicho que era algo difícil: saber que tu destino está en manos de un grupo de directivos a los que casi no tienes acceso no es lo óptimo para un trabajador. Pero así es la vida del futbolista: un permanente navegar entre la incertidumbre”.
La cita es una tragicomedia: Félix Ángel Rojas es costarricense y luce cada día más delgado; es el cáncer, que casi lo consume. Desde muy temprano llega a la parte frontal del Hipódromo de Las Américas y encuentra ahí a un grupo de colegas con la misma meta: encontrar al paso a alguno de los entrenadores o directivos que desde poco antes de las once de la mañana se encierran a negociar destinos en el salón número tres, por supuesto, inaccesible.
“Nací con un tipo de cáncer que me produjo muchos tumores; pero ya lo vencí: ahora, lo que deseo, es contratarme con algún equipo de futbol”.
Le abraza Ricardo Lavolpe; le sonríe a Jesús Martínez; cruza un par de palabras con los representantes del León e intercambia tarjetas con Raúl Quintana.
La lista habla de más de 300 transferibles; aquí la cifra no rebasa los treinta.
Es mejor arreglarse cara a cara, mirarse a los ojos.
Pero cuando el equipo no te quiere la única opción es señalar en el calendario como la fecha más importante del año al 9 de julio. Y estar aquí, puntual.
Aunque el draft ya no es como antes.
“Hoy faltan las enormes pantallas que permitían saber el costo de un jugador —se queja Ricardo Lavolpe, técnico del Toluca— y así, en la mesa, todos reunidos, saber si es accesible y como equipo. Antes ofrecías ya un 60, ya un 75 por ciento por aquel que te interesaba; hoy no he visto grandes transacciones: todo de se va en préstamos e intercambios.
Esta vez a la transparencia de lo que funcionaba como una subasta, la suplió la tecnología: una a una van subiendo las negociaciones a esa pantalla —en el salón doce— a la que los comunicadores no dejan de mirar y en donde se conoce los cambios de jugadores.
De mucho se habla en las horas en las que los dueños del billete comercializan los futuros remates a gol: de que un grupo comercial construirá un estadio en Acapulco, y que pronto tendrán Primera División, tal vez mudando al Atlante; que el Oaxaca o el Zitacuaro puedan ser cambiados a Cuernavaca, sede del antiguo Marte Morelos; que la adquisición del cantante Joan Sebastian llevará de manera inalterable al equipo Colibrís al pueblo de Juliantla; que el Veracruz aún no ha sido negociado con el empresario taurino Rafael Herrerías; que —en voz del jefe de prensa de la federación— ¡en la sala de prensa hay bocadillos suficientes!
Asistir a un draft es colocar la vida en un juego de azar. Ya se quejaba hace un par de años Alex Aguinaga: cuando otro club se interesa en algún jugador de su propiedad, lo ofrecen a un alto precio y es entendible: quieren salvar las arcas de la agrupación, pero cada directiva hace lo mismo y cuando ésta va a comprar a un futbolista, le cuesta el doble. Es ilógica la forma en que se plantea el draft: como si quisieran presionar al jugador.
Lo hacen, de alguna forma: porque conforme transcurre el tiempo uno puede imaginarse a estos profesionales del balompié como a aquellos chiquillos en la escuela conformando retadoras para una cascarita: los capitanes elegían a los mejores y siempre al final quedaban aquellos no deseados por nadie.
“Y eso, saber que nadie te quiere; que se acabó el tiempo y no tienes equipo, es sumamente doloroso”, confía David Rangel.
Deportividad, en el diccionario, se define como “calidad de deportivo. Correcta observancia de las reglas del juego. Imparcialidad, nobleza, generosidad”.
Poco hay de esto en este juego de futbol que se disputa en el lobby de hoteles o en los pasillos de un centro de convenciones: si los jugadores no se contratan quedarán parados cuando menos por seis meses; otros, los con suerte, como Juan Reynoso o Ignacio Hierro, llegan a equipos que no deseaban. Incongruente.
—¿Hacia dónde va el draft? —se le cuestiona al argentino Ricardo Lavolpe.
Apenas liberado del enjambre de reporteros que le espera en el piso uno, a la salida de las escaleras eléctricas, el técnico relata que tiende a desaparecer “porque no puedes llegar con el deseo de comprar a 17 jugadores porque no los hay: a los titulares base nadie los suelta; cada día es más difícil encontrar a un buen “nueve”, a algún lateral que destaque. Si a nivel selección nacional recurres a Luis Hernández, Beto García Aspe, o a Gerardo Torrado, que la temporada anterior tuvo problemas contractuales, significa que no hay producción de buenos jugadores para estas posiciones y cada día tendrá menor caso asistir a esta feria de piernas.
Ya pasan seis horas de negociaciones. Parten los directivos y, en algunos casos, sus escoltas; se detienen para guiñar un ojo, para saludar a alguno de los promotores que, al final, dirá a su futbolista: “No saliste hoy, pero mañana hay posibilidades; pero sería en la Primera A, ¿algún problema?”.
Ninguno. Todo sea por el futbol.

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