La parábola del gol

Andrés Cardo
El hombre salta eufórico. Un niño llora. Aquella señora grita en secreto. Otra se persigna. La niña de los globos se duerme en los brazos de su madre. Cuántas voces. Cuántos cantos. Cuántas plegarias y cuántos santos se nombran antes de un partido de futbol.
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Nadie puede saber el futuro. Alguien dice que puede adivinarlo. Y apuesta. Y compra la quiniela y tiene fe y espera y ve y busca en los otros la esperanza perdida. Nadie lo sabe, pero ese hombre es el mismo que espera ocho horas formado en una fila para comprar su boleto. Hoy fue más tiempo. Y los revendedores los ofrecen a precios distintos. Distantes. Muchos los compran: es su último recurso. En cambio, hoy la noche está inquieta y los boletos escasean. Cuántos asientos. Cuántos nombres. Cuántos banderines. Cuánta expectación cabe en el pecho de un hombre.
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En este tiempo no lineal, incuantificable, el aficionado busca y encuentra. El hombre común que vive en el ruido de los autos, en el tumulto de los viernes, en la embriaguez de la noche fatídica, en la rutina sofocante, en este instante se convierte en otro hombre y quizá sin darse cuenta da sentido a los días de su semana, y ve cómo se diluye su tristeza o su miedo o su ira, en un éxtasis incontenible que se apodera de él y lo mueve y lo lleva a un estado de efímera alegría.
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Huele a humo. A carne blanca cocida. A cerveza, a sudor, a pie y a sol. Y la multitud se mueve hacia un mismo sentido: el estadio. Acá, afuera, pareciere que la gente desapareciera y sólo quedaran los menos. El horizonte se come todo y el ritual comienza. Es día de futbol. Día de entrega, de angustia. Nadie sabe qué pasará. Es impredecible. Quién lo diría. Ni los expertos ni los que opinan con la cheve en mano. Nadie nunca sabe el resultado. Pero el que apuesta espera. Cree que de algún modo este puede ser el día.
Un taxista escucha en el radio el previo al partido. ¿Espera pasajeros? No. Llanamente se queda a la orilla de una calle para escuchar la narración de un solo grito, unánime y hecho de miles de gritos. La narración de un gol anunciado o imprevisto o equivocado o en contra o en favor o simplemente hermoso, sólido.
Y ahí, en ese momento, se forma un puente entre lo invisible y lo palpable, entre la euforia y el grito, entre la trompeta y el ruido. Es el rito. El puente entre lo que no se ve y entre lo que se toca. Entre la fuerza y la pierna, entre la distancia y la patada, entre el arco y el balón, entre el disparo y el gol.
Cuántos sueños. Cuántas trampas. Cuántos héroes. Cuántas formas de ver un juego. La afición es la constatación de que lo que hace un hombre importa. Y ese hombre que juega junto a otros once, y ese hombre que pita, y ese otro que corre por la banda, y el que dirige, y el que está en la banca, y el que observa, y ese hombre que ahora salta y levanta los brazos para echar porras, y abre la boca para insultar al contrincante, hacen que la fiesta tome sentido, y que lo que era sólo un juego, un simple partido, se convierta en una tarde de cielitos lindos, en un instante de ser o no ser, en una perdición asombrosa y anónima, en un tumulto alegórico y fantástico.
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En el estadio el alma de los que en él habitan se convierte en una fuerza incalculable. Cuántos vacíos. Cuántas horas. Cuántos hombres. El puente se ha extendido. Afuera del estadio, lejos de la cancha, se oye el canto de los aficionados en las tribunas. Se oye el estrépito de las matracas. El escándalo de los pies que hace temblar las estructuras.
Pero, acá, afuera, sólo queda en el piso el color de los confetis que seguramente ahora caen sobre un sombrero gigante y de paja de una muchacha chiquitibum. Acá, afuera del estadio queda una soledad que se consume.
Y queda un anciano que apostó lo que le restaba de su semana en un resultado inesperado.
Un anciano que le pide a San Juan Diego que le haga el milagro y por fin, aunque sea por un día, pueda comprar un boleto y entrar a ver el partido.

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