Todo empapado y carente de sonrisa

Pedro Díaz G.
Las consecuencias de un buen partido de futbol se reflejan en la felicidad que porta cada rostro rumbo a casa. Rostros. Los miles que esta tarde caminan entre constante chipichipi, sin embargo, carecen de buen gesto; no expresan satisfacción siquiera. Poco se agitan las banderas; imperceptibles son los gritos de la vendimia cuando la lluvia arrecia. Hay desánimo a pesar del dos-a-cero. Qué partido tan es-pan-to-so, lamentan los seguidores; apenas y con autogol...
Automóviles en doble fila, vendedores de plásticos antilluvia, estacionamientos subrepticios de a 20 pesos, inclusive dentro del Centro de Capacitación (para más seguridá, joven)... Pero qué bueno: fue quincena. Y por ello las cervezas en la mano, los cigarros a 15 pesos cajetilla (fuera del estadio; cinco más adentro), la esperanza a pesar de lo dificultoso del trayecto para arribar a ese altar de sacrificios denominado Estadio Azteca. ¿Una bandera?, ¿de qué tamaño?..
La selección volvió a reunir a su gente: acaso 45 mil aficionados que se tomaron parte de la tarde libre y corean cada acercamiento nacional a portería contraria.
Unos cuantos, apenas.
Suspiros que se apagan en lo alto de la tribuna. Deseos colectivos inconclusos: el equipo no lo es tal.
Sin tráfico, son necesarios apenas unos minutos para llegar, circundar, ingresar al estadio Azteca. Todo presagiaba escenario tal. Pero no. Los 9 mil boletos vendidos hasta el lunes advertían un inolvidable vacío en las gradas. Y ya al mediodía el periférico comenzaba a convertirse en ese nudo difícil de sortear.
Inicia el negocio.
Salen de sus casas los habitantes del Sur de la ciudad sabedores de que cada auto que por su camino atraviese significa algunos pesos extras para tranquilidad del día de hoy.
Aquí, estaciónese aquí. Esta calle tiene salida a Periférico es el ofrecimiento.
Hules, hules, hules pa la lluvia...
Pásele, pásale, ¡aquí hay lugar! Parece inevitable llegar tarde a un encuentro de futbol en la ciudad de México: cuando el silbante costarricense William Matus, casi a mitad de la cancha, anuncia el final del primer tiempo, es todavía considerable la cantidad de gente que intenta ingresar, a toda carrera, por las rampas que llevan a tribunas.
No se llena, el estadio, es cierto. Pero la maquinaria que alimenta a la masa humana se ha echado a andar y nada la detiene.
Mejillas con el nombre de México, colores patrios, coqueteos desde lejos con los jugadores que, esta vez, parecen olvidar la entrega en la cancha; abucheos desde los primeros cinco minutos: el tricolor tiene dos claras posibilidades de gol, no concretadas por Francisco Palencia, quien, a partir de ese momento, y hasta el final, pasa totalmente inadvertido para la zaga canadiense.
Se apretujan reporteros, escribanos de la ignominia, en la tribuna de prensa. Cuestionan en voz alta como se quejan a todo pulmón los hinchas doloridos ante el desempeño al técnico nacional y sus arranques de grandeza.
El azar tiene su intervención casi al final, en la cabeza de Paul Fenwick, que anota en su propia portería.
Pero...
El dos-a-cero no sabe. Y apenas termina el partido, incapaz de generar sonrisa alguna, del cielo se desprende un gran castigo: llega en forma de granizo.

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